Hay en la Alhambra una placa de mármol que señala el lugar donde se dice que Washington Irving escribió sus Cuentos, lo que nos lleva a valorar el papel de los viajeros extranjeros en la conservación de algunos monumentos que han sobrevivido a los siglos. ¿Hubieran perdurado si no los hubieran puesto de moda algunos nombres relevantes de ciertas épocas? ¿Cuántas veces hemos entrado en unas ruinas y nos hemos preguntado qué aspecto tendrían en otros tiempos, en Su Tiempo? ¿Y cómo serían si nadie se hubiera ocupado de restaurar en lo posible su estado original, de detener el tiempo de la imparable decadencia?Los viajeros ingleses del siglo XIX fueron pioneros del turismo en España empujados por la moda que imponían viajeros y escritores topográficos como Disraeli, Inglis o Irving. Encontraron aquí un extraño país, una insólita y enorme isla anclada entre Africa y Europa en la que el tiempo parecía haberse detenido. Las guerras internas y la perdurabilidad de los muchos pasados de esta tierra hacían posible esta percepción de la península.
En este orden de cosas, España se erigía en el enigma europeo por descubrir. Con un clima casi africano y vestigios islámicos al alcance de las diligencias, con el prodigio del ferrocarril a punto de vertebrar (aunque lentamente) la costa mediterránea, la piel de toro entró en el Grand Tour de los desocupados y pudientes viajeros ingleses casi a la altura de Italia y Turquía, pero lo que encontraron, lo que narraron en sus cartas y en aquellos primeros libros de viajes, tiene más el sabor de la aventura que el de un tour tal como hoy los conocemos.
Atraído por las leyendas que Washington Irving recopiló en Granada de las narraciones orales de los gitanos que habitaban la Alhambra, Teophile Gautier, el más romántico de los escritores románticos franceses, se animó a visitarla, quedando desencantado al no encontrar la belleza que esperaba en las mujeres andaluzas. Según cuenta, durante su estancia se instaló “en la Fuente de los Leones con dos colchones, una lámpara de cobre, una jarra de barro y unas cuantas botellas de Jerez que metimos en la fuente para que se enfriaran”. Es evidente que corrían otros tiempos, otra permisividad. De hecho, durmió de alquiler, pues la Alhambra estaba habitada (en la Historia, la pobreza ha obligado a reciclar incluso las ruinas) por los gitanos pobres de Granada.
En realidad, lo que hicieron no era nada seguro: no había viajero que pasara por España al que no se preguntara a la vuelta si había visto una corrida o si había sido atracado por bandoleros. Tal era la fama de nuestros bandidos y la ausencia de autoridad, que las noticias llegaron hasta Dinamarca, y cuando Hans Christian Andersen se atrevió a visitarnos lo hizo después de haber contratado una escolta de confianza.
Gautier criticó así mismo los primeros intentos de restauración del edificio que consistían en encalar las paredes. “El cepillo del encalado ha hecho desaparecer más obras de arte que la guadaña del Tiempo”, escribió. Eran los mismos gitanos que malhabitaban la Alhambra los que se encargaban de mantener el edificio a su manera, mantenimiento que debía ser insuficiente porque treinta años después Gerald Brenan criticó el abandono del edificio y se quejó en sus cartas de la falta de interés por su restauración.
En medio de tanta miseria, qué Paraíso habitar un palacio como la Alhambra.

Otro viajero inglés, Richard Ford (autor de Manual para viajeros por España de 1845), en un arranca de romántica generosidad, contrató obreros y carpinteros que restauraron algunas salas, incluidas las habitadas por la Tía Antonia que aparece en los Cuentos de Washington Irving.
Los granadinos de aquel siglo XIX, en cambio, la consideraban una ruina, una casa de ratones (había incluso algunas salas utilizadas como saladero) y se escandalizaban de que los extranjeros mostrasen más curiosidad por las obras de arte islámicas que por las católicas.
Dumas, quien encontró sucios tanto la ciudad como sus gitanos, a los que no encontró encanto ni en sus maneras ni en sus bailes, dijo, sin embargo, que Granada era “como una doncella dormida al sol sobre un lecho de musgo y helechos rodeado de cactus y áloes” y del Generalife que “no hay lugar en el mundo con tal fragancia repartida en tan pequeño espacio, con tanta frescura, con tantas ventanas abiertas al Paraíso”.
No pocos escritores y viajeros y viajerosescritores pasaron por España durante el siglo XIX. Augustus Hare, que se autodenominó “escritor topográfico”, Edmondo d’Amicis o G.E. Street, quien llegó a escribir que no valía la pena viajar más al sur de Toledo o Avila porque ya había visto suficientes vestigios moriscos como para que valiera la pena bajar hasta Granada, Sevilla o Córdoba...
Pero no fue Teophile Gautier el único que se quejó de que se intentara restaurar la Alhambra: alrededor del 1900, después de que los libros de los viajeros ingleses hubieran despertado el interés general y Andalucía (y en especial Granada) se hubiera puesto de moda como destino turístico, Washington Irving se quejaba de la explotación a la que era sometida la Alhambra, convertida ya “en un centro turístico y bien conservado museo”. ¿Qué quedaría ahora del palacio nazarí si siguieran viviendo gentes en su interior y no se hubieran llevado a cabo las sucesivas restauraciones? “Todos los años se restaura alguna parte del edificio”, se quejaba Irving, ”y aunque dicha restauración se realiza con acierto y respeto, es menos bonito observar signos de rejuvenecimiento en piedras tan antiguas”.
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Fuente: David Mitchell, “Viajeros por España. De Borrow a Hemingway” (Mondadori, Madrid, 1989)
Foto: Charo con mi hija María, cuando era tan pequeña que aún le gustaba viajar y explorar con sus padres.




