viernes 19 de junio de 2009

El tiempo recobrado

El viajero pasional llega a una edad en la que, sin perder el respeto a Proust, salta directamente al último volumen de la colección para recobrar el tiempo que sabe que no debería perder(se) buscando el camino largo, sobre todo si apenas dispone de tiempo y existe un atajo hacia la X que marca el lugar. Así, un trasbordo puede convertirse en todo un viaje, una espera en una estancia y, si tiene que pasar 28 horas obligadas (por ejemplo) en Madrid, cogerá el atajo necesario para no mustiarse en una estación o en una habitación de hotel. El único suicidio permitido si uno pretende dejar que se le mustie el tiempo es sentarse en una terraza con un buen libro.

El pasado fin de semana tuve que pasar 28 horas en Madrid por obligación. Haciendo uso del móvil –porque últimamente nunca llevo reloj– y con el plano del metro en la mano, decidí revivir mis mandamientos de recobrar tiempos perdidos, acelerando el paso en los caminos para destensar el tiempo en los lugares adecuados.

Entre otros lugares donde perder el tiempo en solazar la vista y el espíritu, el viajero pasional puede acercarse a La Casa Encendida, uno de esos milagros que aúnan arte y público, donde encontrará, por ejemplo, una exposición llegada del MoMA, una colección de 500 retratos de Nueva York, ilustraciones de un siglo que ha convertido a esa ciudad gris en sus sombras, rectilínea y deshumanizada en sus números, en un mito romántico, acogedor en su blanco y negro, pleno de una humanidad diversa y apetecible. Allí estaba alguna de las fotografías de pies de Lisette Model, algunos Cartier-Bresson, retratos que Irving Penn hizo de Jerome Robbins, Igor Stravinsky... y una reproducción de un retrato de grupo realizado por Jacob August Riis llamado Nido de maleantes. El nombre lo dice todo. Aquellos tipos duros sugerían historias para más de un relato.

El viajero pasional mira librerías, pero siempre acaba comprando lo que menos espera. En esta ocasión, tomó el metro hasta Fuencarral para acabar en El Bandido Doblemente Armado, una cafetería que toma el nombre de una novela de Soledad Puértolas y que atiende su hijo, el también escritor Diego Pita. Es un sitio único, recogido en el exterior, con su escaparate de librería que nos sorprende al entrar convirtiéndose en bar. Al fondo hay una librería, atendida por el propio Diego, atento y abierto a atender las dudas del lector comprador que desee comprar un libro aunque sean las dos de la madrugada. La hora era más temprana, y aproveché para rebuscar en las estanterías, ejercicio en el que siempre acabo llevándome a la caja más libros de los que pensaba. Encontré uno de segunda mano (¡sí, también tiene libros usados!) de David Lodge que no había leído, pero se me había antojado uno de E.L. Doctorow: Ragtime, que había visto en el escaparate. Diego me dijo que estaba fuera de imprenta y no dudé en que tenía que llevármelo. Justo entonces me acerqué a la mesa y allí estaba, un librito de cuentos, un insólito bestiario escrito por el propio Diego Pita, que no te lo recomendará por pudor de autor, pero que allí estaba, a la vista, tentando al visitante pasional. No lo pude evitar, lo cogí y le pregunté con sorna si me lo recomendaba, a sabiendas de que no iba a tener otro remedio que llevármelo.

Después, como premio, me senté en la parte correspondiente a la cafetería del local, donde pude resarcirme del calor con un enorme té moruno helado que el barman adornó con una aromática ramita de hierbabuena, y la música, espectacular. Saqué mis libros recién adquiridos y me recosté en la silla a dejarme sorprender por las primeras páginas de Ragtime, habiendo saciado dos de mis predilecciones, los libros usados, de los que algún día hablaré, y los libros firmados.

Al día siguiente, contando las horas para tomar el tren, cumplí con la visita de al Caixa Forum, tan útilmente cercano a Atocha, que siempre cuenta con alguna exposición interesante, y me dejé caer por la Feria del Libro de Madrid, aunque, como suele ocurrir, al viajero pasional este tipo de acontecimientos tan magnificados, con sus trescientas y pico casetas, le producen una especie de Síndrome de Stendhal que da como resultado que vuelva con las manos vacías. Menos mal que siempre queda la Cuesta de Moyano, más asequible en precio y en títulos, donde uno puede recuperar algún clásico por poco dinero o encontrar libros que jamás imaginó que existieran, en el misterio de sus casetas gris rata.

Por último, el viajero pasional siempre vuelve con lo más valioso en la maleta, algunas ideas y algunas líneas garabateadas que darán lugar a más líneas y más páginas y más historias con que saciar el ansia de escribir. En ello está.

miércoles 23 de enero de 2008

Cuentos de la Alhambra

Hay en la Alhambra una placa de mármol que señala el lugar donde se dice que Washington Irving escribió sus Cuentos, lo que nos lleva a valorar el papel de los viajeros extranjeros en la conservación de algunos monumentos que han sobrevivido a los siglos. ¿Hubieran perdurado si no los hubieran puesto de moda algunos nombres relevantes de ciertas épocas? ¿Cuántas veces hemos entrado en unas ruinas y nos hemos preguntado qué aspecto tendrían en otros tiempos, en Su Tiempo? ¿Y cómo serían si nadie se hubiera ocupado de restaurar en lo posible su estado original, de detener el tiempo de la imparable decadencia?

Los viajeros ingleses del siglo XIX fueron pioneros del turismo en España empujados por la moda que imponían viajeros y escritores topográficos como Disraeli, Inglis o Irving. Encontraron aquí un extraño país, una insólita y enorme isla anclada entre Africa y Europa en la que el tiempo parecía haberse detenido. Las guerras internas y la perdurabilidad de los muchos pasados de esta tierra hacían posible esta percepción de la península.

En este orden de cosas, España se erigía en el enigma europeo por descubrir. Con un clima casi africano y vestigios islámicos al alcance de las diligencias, con el prodigio del ferrocarril a punto de vertebrar (aunque lentamente) la costa mediterránea, la piel de toro entró en el Grand Tour de los desocupados y pudientes viajeros ingleses casi a la altura de Italia y Turquía, pero lo que encontraron, lo que narraron en sus cartas y en aquellos primeros libros de viajes, tiene más el sabor de la aventura que el de un tour tal como hoy los conocemos.

Atraído por las leyendas que Washington Irving recopiló en Granada de las narraciones orales de los gitanos que habitaban la Alhambra, Teophile Gautier, el más romántico de los escritores románticos franceses, se animó a visitarla, quedando desencantado al no encontrar la belleza que esperaba en las mujeres andaluzas. Según cuenta, durante su estancia se instaló “en la Fuente de los Leones con dos colchones, una lámpara de cobre, una jarra de barro y unas cuantas botellas de Jerez que metimos en la fuente para que se enfriaran”. Es evidente que corrían otros tiempos, otra permisividad. De hecho, durmió de alquiler, pues la Alhambra estaba habitada (en la Historia, la pobreza ha obligado a reciclar incluso las ruinas) por los gitanos pobres de Granada.

En realidad, lo que hicieron no era nada seguro: no había viajero que pasara por España al que no se preguntara a la vuelta si había visto una corrida o si había sido atracado por bandoleros. Tal era la fama de nuestros bandidos y la ausencia de autoridad, que las noticias llegaron hasta Dinamarca, y cuando Hans Christian Andersen se atrevió a visitarnos lo hizo después de haber contratado una escolta de confianza.

Gautier criticó así mismo los primeros intentos de restauración del edificio que consistían en encalar las paredes. “El cepillo del encalado ha hecho desaparecer más obras de arte que la guadaña del Tiempo”, escribió. Eran los mismos gitanos que malhabitaban la Alhambra los que se encargaban de mantener el edificio a su manera, mantenimiento que debía ser insuficiente porque treinta años después Gerald Brenan criticó el abandono del edificio y se quejó en sus cartas de la falta de interés por su restauración.

En medio de tanta miseria, qué Paraíso habitar un palacio como la Alhambra.


Otro viajero inglés, Richard Ford (autor de Manual para viajeros por España de 1845), en un arranca de romántica generosidad, contrató obreros y carpinteros que restauraron algunas salas, incluidas las habitadas por la Tía Antonia que aparece en los Cuentos de Washington Irving.

Los granadinos de aquel siglo XIX, en cambio, la consideraban una ruina, una casa de ratones (había incluso algunas salas utilizadas como saladero) y se escandalizaban de que los extranjeros mostrasen más curiosidad por las obras de arte islámicas que por las católicas.

Dumas, quien encontró sucios tanto la ciudad como sus gitanos, a los que no encontró encanto ni en sus maneras ni en sus bailes, dijo, sin embargo, que Granada era “como una doncella dormida al sol sobre un lecho de musgo y helechos rodeado de cactus y áloes” y del Generalife que “no hay lugar en el mundo con tal fragancia repartida en tan pequeño espacio, con tanta frescura, con tantas ventanas abiertas al Paraíso”.

No pocos escritores y viajeros y viajerosescritores pasaron por España durante el siglo XIX. Augustus Hare, que se autodenominó “escritor topográfico”, Edmondo d’Amicis o G.E. Street, quien llegó a escribir que no valía la pena viajar más al sur de Toledo o Avila porque ya había visto suficientes vestigios moriscos como para que valiera la pena bajar hasta Granada, Sevilla o Córdoba...

Pero no fue Teophile Gautier el único que se quejó de que se intentara restaurar la Alhambra: alrededor del 1900, después de que los libros de los viajeros ingleses hubieran despertado el interés general y Andalucía (y en especial Granada) se hubiera puesto de moda como destino turístico, Washington Irving se quejaba de la explotación a la que era sometida la Alhambra, convertida ya “en un centro turístico y bien conservado museo”. ¿Qué quedaría ahora del palacio nazarí si siguieran viviendo gentes en su interior y no se hubieran llevado a cabo las sucesivas restauraciones? “Todos los años se restaura alguna parte del edificio”, se quejaba Irving, ”y aunque dicha restauración se realiza con acierto y respeto, es menos bonito observar signos de rejuvenecimiento en piedras tan antiguas”.

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Fuente: David Mitchell, “Viajeros por España. De Borrow a Hemingway” (Mondadori, Madrid, 1989)

Foto: Charo con mi hija María, cuando era tan pequeña que aún le gustaba viajar y explorar con sus padres.

martes 9 de octubre de 2007

Las dos tumbas de Dante


(Fotografía: Wikipedia)

En el centro de Florencia, en la Basílica di Santa Croce, está la tumba de Dante. La tumba está vacía.

La razón forma parte de un complicado enredo de intereses políticos y personales que comenzó a principios del siglo XIV, cuando la guerra entre los Güelfos Blancos y los Güelfos Negros. Aunque nunca se ha demostrado que Dante tomara partido, él mismo se exilió en Verona.

Tres años después, fue concedida una amnistía, para tener derecho a la cual los exiliados tenían no sólo que pagar una importante suma de dinero sino someterse a un consejo público en el que se les reconocería como delincuentes públicos. Dante no quiso pasar por esta vergüenza, y sólo después de la guerra consiguió que se le conmutara la pena de muerte por la de prisión a condición de que volviera a Florencia a jurar que jamás que volvería a pisar esa ciudad. Dante no acudió, y su condena de muerte fue ampliada a sus hijos.

Dante se sentía florentino y su exilio fue una tortura para él, por lo que siguió esperando durante años un perdón que jamás llegó.

En 1318, el príncipe Guido Novello da Polenta le ofreció un puesto diplomático en Rávena, donde Dante encontró seguridad económica y la serenidad necesaria para terminar su Paraíso. Poco después, murió en esta ciudad, siendo enterrado en la iglesia de San Pier Maggiore (hoy de San Francisco de Asís).

Hasta el siglo XIX no reivindió Florencia la figura de su hijo Dante, construyendo la tumba que hoy existe en la Basilica de la Santa Croce, a donde sus restos jamás fueron trasladados. Esta es la razón de que la tumba de Florencia esté vacía y de que el poeta que caminó por el infierno, el purgatorio y el paraíso, tenga dos tumbas, una vacía en su patria, con la leyenda Onorate l’altissimo poeta (Honrad al más alto poeta), y otra donde sus restos descansan lejos de la tierra que amó.

lunes 9 de julio de 2007

Burros, museos y otros escenarios

Después de recibir opiniones entusiastas y comentarios off line sobre el relato La poesía de la cal, he decidido incluir algunos enlaces para aquellos que se aventuren a acercarse al pueblo blanco de Juan Ramón. En esta página web el viajero pasional encontrará información sobre lugares de interés, así como un completo servicio para conocer Moguer en visitas guiadas al estilo del poeta: en burro. Naturalmente, no a lomos de un pobre y paciente Platero, sino en un típico carruaje andaluz tirado por burros. Toda la información sobre La Burrada de Moguer: http://www.laburradademoguer.com/


En la página de la Fundación Juan Ramón Jiménez podrá encontrar amplia información sobre la vida y la obra del poeta: Fundación JRJ: http://www.fundacion-jrj.es/



A punto de reabrir sus puertas tras la necesaria y urgente restauración, la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón, toda la información aquí: http://www.acamfe.org/acamfe/autor/jrjimenez.htm


El Ayuntamiento de Moguer mantiene una amplia y variada programación cultural en el Teatro Felipe Godínez, En verano, sobre todo, las actividades al aire libre se multiplican y se reparten por lugares tan distintos y singulares como el convento de Santa Clara o espacios abiertos (calles, parques), siempre gratuitas. La agenda del ayuntamiento aquí: http://www.aytomoguer.es/ventanaprincipal.php



Por último, aunque yo recomendaría reservar en primer lugar, un hotel-museo rural dedicado a Juan Ramón y a Zenobia, con una exposición fotográfica permanente de indudable interés, una casa rural recién construida a partir de una construcción centenaria ligada a la historia del poeta y cercana a Fuentepiña, donde las habitaciones, dispuestas alrededor de un patio, tienen nombres de personajes de Platero y yo, pero además cuenta con piscina para una visita total: el hotel Nazaret. El viajero pasional puede informarse aquí: http://www.nazaretdemoguer.com/nazaret.html (me encanta esta página porque al abrirla aparece una preciosa animación Flash con música de la cantautora Chili, versionando versos de Juan Ramón Jiménez, disco que el viajero puede comprar en el mismo hotel...) .



En resumen, distintas formas de visitas Moguer para alcanzar una visión amplia, histórica o actual de Juan Ramón Jiménez.

martes 5 de junio de 2007

La poesía de la cal

Del caballero don Diego de Carriazo decía Miguel de Cervantes que ni el andar a pie le cansaba, ni el frío le ofendía, ni el calor le enfadaba. Al viajero pasional le ocurre lo mismo.

El viajero pasional lleva toda la mañana andando de un lado para otro, toda la semana recorriendo pueblos de sol y cal que brillan como si la luz la hubieran inventado en Andalucía, pero no puede quejarse, encantados sus sentidos con lo que ve, con lo que oye, con lo que come, así pues no le cansa el andar a pie, ni le enfada el calor. Está en Moguer, en la tierra de aquel poeta que llamaban loco, en la casa que abandonó justo antes de aquella guerra fratricida e inútil, aquella casa a la que no pudo volver. Pero de esto hace mucho, ha insistido el guía de la casa-museo, donde ha pasado la mañana paseando por las estancias solariegas de la casa de los Jiménez, curioseando las pertenencias que fueron de Juan Ramón, la que fuera su particular biblioteca, políglota, ecléctica, extensa.

Las calles blancas de sol tienen su cielo de un azul indefinible. En palabras de Juan Ramón Jiménez, la luz con el tiempo dentro.

“Hay más”, oye el viajero a sus espaldas.

El viajero pasional se vuelve, sorprendido, y observa al anciano, que se aleja ya, arrastrado por el buen ritmo de su bastón. Se cubre del sol septembrino con esa gorra gris que suelen llevar los andaluces. “Hay más”, ha dicho, mientras él observaba distraído un mosaico de azulejos pintados sobre la fachada de la casa-museo. Ilustrado con la inconfundible imagen de Juan Ramón Jiménez, el azulejo recuerda que el inmortal autor de “Platero y yo” vivió en esta casa. Hace muchos años que el viajero leyó este libro infantil que no es para niños, y del que acaba de comprar un ejemplar a la salida de la visita. Hojea el libro mientras espera la salida de sus amigos. Frente a la casa-museo hay otro azulejo que, como un puzzle de la memoria, cita palabras de “Platero y yo”. Busca en el libro el capítulo correspondiente a la cita que se lee sobre la pared. Hace muchos años que vivió este capítulo, o lo releyó una tarde de lluvia, pero aquí, a la sombra del sol de septiembre tiene una emoción distinta. Ahora sabe que el lugareño se refería a los azulejos. Hay más, en otras calles, en otros capítulos de este libro vivo que es el Moguer real. “Hay más, por ahí”, añade desde lejos, sin volverse, haciéndome gestos con el bastón en alto, comprometiendo su equilibrio.

Siguiendo la sombra del mediodía por la acera, el viajero va hojeando capítulos y releyendo recuerdos de un lugar en el que nunca antes había estado y se topa, no por casualidad, con la esquina de la Plaza del Marqués, con otra cita del poeta enmarcada de azulejo andaluz, una cita que huele a otoño, y a humo de castañas asadas, y decide aventurarse por estas calles blancas, en busca del poeta, de sus palabras, de su sombra que aún sigue reflejándose en las paredes, en la cal quemada por el sol, como si aún recorriera sus calles a lomos de Platero. Sabe que pone en peligro de este modo al grupo, aunque, admite, acostumbrados están a que pierda la noción del espacio y del tiempo y desaparezca deambulando por callejones y mercadillos. “Ya me encontrarán”, piensa. Para eso están los amigos.

En la calle Aceña hay una nueva cita, Aquí empieza el barrio de los marineros, pero hoy Moguer ha crecido y el barrio de los marineros sólo lo recuerdan los más viejos del lugar y aquel puerto donde los barcos embarcaban vino para Sevilla y hasta para las Américas ha desaparecido. Apenas queda un pobre embarcadero junto al río Tinto que vio nacer la carabela Niña. Un siglo atrás era Moguer tierra de vinos. Ahora sólo queda, huelga decirlo, esa bodega de Sáenz y su afamado vino de naranja, que ha probado por la mañana, y de Moguer se exporta, no a las Américas, pero sí a Europa entera, ese fresón que ha devuelto al pueblo su histórica prosperidad agrícola.

Hacia abajo encuentra la Plaza de las Monjas y allí el convento de Santa Clara, en tiempos cenobio de monjas clarisas, una magnífica construcción gótico-mudéjar que sorprende por su tapia almenada y sus grandes dimensiones, que se hacen mayores en el interior, con sus amplias naves, alguna convertida hoy en sala de exposiciones, sus dos claustros, sus plataneras. El guía recita su visita de memoria, y responde impaciente a todas las preguntas, pero da noticia de parte de la egregia historia del Moguer señorial, de las nobles familias que gobernaron esta muy noble y muy leal ciudad en siglos pasados, que están enterradas en Santa Clara y emparentadas con otras históricas estirpes de la nobleza española de hoy en día, como la Duquesa de Alba. Sus palabras llegan hasta la peripecia de Colón, que termina aquí, en esta iglesia conventual, en una oración de acción de gracias a la vuelta de su viaje transoceánico, el mar siempre presente en esta tierra de Huelva.

Al salir del convento, sobre la espadaña del campanario, un solitario nido de cigüeñas. Aunque el nido está vacío, casi se puede escuchar su crotorar al mediodía, ya cercano, cuando bostezan a su manera en las largas horas de calor, esperando el atardecer para continuar su eterna búsqueda de insectos y ramitas. Enfrente el viajero pasional encuentra, Moguer no deja de sorprender, otro nombre evocador de folclóricos recuerdos. La Parrala, un restaurante en el que no puede evitar entrar, acunado por aquella tonada que en otra época oía. La Parrala dicen que era de Moguer. El retrato de esta mujer preside la chimenea apagada frente a la barra del restaurante. Pide una cerveza bien fría, consuelo del caminante imprudente que se aventura por las calles de Andalucía durante el día, y, como en todos sus viajes, se deja aconsejar por el camarero (allá donde fueres...) y pronto tiene sobre su mesa, junto a la guía de viajes y a su ejemplar de “Platero y yo”, gambas de la costa, jamón de Cumbres Mayores, calamares de campo. Esto es lo que aquí se llama “tomar una cervecita”.

Unos niños que juegan en la plaza le indican el camino de la ribera. Les ha costado a los niños orientarlo, pues no hay ya puerto ni embarcadero ni astilleros, como él preguntaba. Parte, pues, en busca del río con un puerto que ya no existe.

Las esquinas son para el viajero pasional como esas bifurcaciones de la vida donde uno se ve obligado a tomar una decisión que cambiará nuestro devenir. En Moguer, en esta improvisada ruta de los azulejos juanramonianos, un nuevo hallazgo en la esquina del Hogar del Pensionista a punto está de desviarle de su ruta hacia el río. Habla del castillo en tono romántico el que fue poeta romántico, poeta modernista, poeta simbolista, poeta recién casado. No se ve el castillo desde aquí, y retoma el camino por la calle San Francisco, dejando a un lado el Archivo Histórico, la iglesia del otrora convento franciscano, de cuyo claustro mudéjar habla parcamente la guía de viajes, y el colegio que lleva el nombre de uno de los hermanos Niño.

Al llegar a la calle Ribera ha encontrado la casa donde nació Juan Ramón, la casa grande donde el niño poeta observaba el mar desde su mirador acristalado. La cita del mosaico es del capítulo CXVII, “La calle de la Ribera”, y el mar que ya se ve es el río Tinto, aunque un vecino comenta que en días claros se ve Punta Umbría, que está a cuarenta kilómetros por carretera, y también el océano, pero eso ya lo decía Juan Ramón, un niño que la Providencia hizo nacer allí, un día antes del día antes de Navidad, un niñodiós que fue niño hasta el final de sus días.

El Moguer antiguo termina en el barrio de Los Puntales, y desciende hacia el río por un camino flanqueado por melocotoneros y chumberas, silenciosa batalla entre la mano del hombre y la de la naturaleza, empeñada ésta en recuperar lo que una vez le arrebataron la agricultura y el progreso, lucha que es victoria en el río, donde nada queda del pasado marinero de este pueblo. El agua del Tinto, de habitual tono cobrizo, es aquí cieno innavegable. El embarcadero ya no existe, y sólo una tosca escalera de cemento baja hasta el barro. La reconstrucción del esqueleto de una carabela y una vasta plaza de tierra que enmarca un singular monumento recuerdan la gesta colombina. No hay más.

De vuelta, el camino se hace cuesta arriba, y sólo la sombra de algún cabezo y alguna brisa perezosa que sopla entre los jaramagos y las cañas atenúan el esfuerzo.

Tras muchas revueltas, calle a calle, el viajero pasional va descubriendo la historia de Moguer en la cal de sus paredes, no sólo en las placas y azulejos que recuerdan la historia de “Platero y yo” o el nacimiento de sus ilustres hijos, pintores y poetas, marineros y cantaores, como dicen que dice una sevillana.

Ya en el centro, el rótulo de una calle desvía los pasos del viajero una vez más. Calle del Duende, singular y misterioso nombre dado a una recóndita callejuela que tras un recodo avanza, sinuosa, hasta la iglesia. Es una de las mejores vistas de la torre de la Iglesia de Nuestra Señora de la Granada, con la S de cal de la calle contrastando con el ladrillo rojo de la torre mudéjar que se eleva hacia el cielo azul. La mejor postal de Moguer.

Al final de la calle, junto a una ferretería, un azulejo más de “Platero y yo” describe la imagen que acabamos de ver, la de la Calle del Duende, en tiempos de Juan Ramón llamada el Callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez, violeta de cal con sol y cielo azul, hasta la torre. Capítulo LIII, “Albérchigos”, que es como aquí llaman a los albaricoques, indica el singular dueño de la ferretería.

La iglesia parroquial está abierta y el viajero deja deambular sus pasos por las naves laterales. La iglesia, de dimensiones catedralicias, tiene planta de cruz latina, y, aunque restaurada tras la guerra civil, en la que, insiste el párroco, los rojos quemaron imágenes con siglos de antigüedad y el techo se hundió con el incendio, se conserva el estilo góticomudéjar y ciertas tallas barrocas de indudable valor artístico.

A la salida sorprende el mediodía, y no sólo con su calor sino con el sonido de las campanas. A los doce tañidos horarios sigue un repique que anuncia fiesta y que acompaña el lanzamiento de cohetes, para estampida de los gorriones que picoteaban en los jardines de la plaza. Alegría ruidosa del sur, una forma de vivir. Cruzando la plaza, encuentra una panorámica del templo y el azulejo que habla de la torre, la torre que vista de cerca parece una Giralda de lejos, sentimiento doblemente nostálgico, pues son palabras de un poeta que inició su carrera en Sevilla, ciudad a donde, apenas salido de la adolescencia, se había trasladado a estudiar pintura y leyes, aunque volvió suspendido y poeta.

El viajero pasional cierra el libro y en la esquina se revuelve. Ahí está de nuevo la Plaza del Marqués, y más allá estará la Casa-Museo de Zenobia y Juan Ramón, punto de partida del improvisado y solitario viaje a través del Moguer de Platero. Se niega a llegar a su destino y retoma la senda de una calle peatonal, de nombre histórico, Reyes Católicos, a la que le viene mejor el viejo nombre de Calle Vendederas, antiguo y actual recorrido por las tiendas locales de más solera. En Moguer cada calle lleva, bajo el rótulo oficial, una leyenda con uno o varios nombres que tuvo en otros tiempos, y suele ocurrir que es más fácil encontrar una calle preguntado por su nombre popular que por el que figura en los rótulos de sus esquinas.

Junto al ayuntamiento, el viajero descubre la mejor descripción del escenario que dejará al partir, un Moguer que es igual que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en torno -¡oh sol moreno!- como la blanda corteza. Se sienta en un pequeño banco, junto a la estatua del poeta, flanqueada por sus musas, amor y poesía cada día. Un anciano tocado con una gorra a cuadros se sienta a su lado y lo observa hojeando el libro, él a su vez lo observa, mientras busca en su ejemplar de “Platero y yo” el capítulo del pan, con sus evocadores aromas y su poesía cotidiana, y no puede evitar, cuando relee el descorazonador final, lanzar una fugaz mirada de conmiseración hacia el anciano que tiene al lado y que seguramente también fue un niño de la postguerra.

Es hora de buscar al grupo. Siente que tiene que darse prisa antes de la hora de comer, que tiene que contarles dónde ha estado, invitarlos a comer calamares de campo. Entre la Calle Reyes Católicos y la Plaza de las Monjas hay un atajo para volver a la casa-museo, de donde escapó de la compañía de sus amigos: la Calle Burgos y Mazo, donde aún se pueden encontrar esas casas que encajan con los recuerdos que el poeta tenía de Moguer, donde cada casa era palacio. Son éstas típicas construcciones barrocas y señoriales de zaguán amplio, con frescos en el techo, cancela de hierro, las más de las veces con cristales de colores, casas de patio central que a menudo se deja enclaustrar por bellísimas columnas o refrescar por una pequeña fuente familiar en el centro. Vale la pena echar un ojo detrás de cada puerta, curiosear, preguntar, porque siempre hay alguna moguereña afable que se ofrece para mostrar la casa que fue de su padre, para ofrecer al paciente viajero el frescor de su portal y del patio lleno de macetas de barro con helechos y gitanillas que fueron de su madre.

La calle termina en la Plaza del Marqués y continúa en Juan Ramón Jiménez, la calle Nueva, donde está la casa-museo. Los amigos se reencuentran y un poco más tarde, sentados a la sombra de unas sombrillas en la Plaza del Marqués, en un pequeño bar, con una cerveza fría en la mano y la imagen de la Giralda chica de Juan Ramón al fondo, brindan por el placer de viajar, por la luz del sur, por la poesía de la cal. Todos brindan y nadie pregunta al viajero pasional, ya lo conocen, mientras éste hace planes, porque aún quedan por recorrer muchos más caminos por Moguer, queda por hacer la visita más difícil, la de la tumba del poeta, y otras más alegres, sí, porque aún resta visitar a más personajes de ficción, tantos y tales eran los amigos de Platero, y no puede irse de Moguer sin ir a buscar a Darbón, a la loca Aguedilla, a Diana la perra blanca...

El viajero pasional sonríe y abre el libro una vez más, creyendo que los demás, absortos en la carta del bar, no se dan cuenta, y en su ensimismamiento egoísta, le parece haber visto a alguien con una gorra y un bastón que me saludaba desde el interior del bar.

jueves 10 de mayo de 2007

El escritorio de don Miguel


El viajero pasional se ha detenido delante de la mesa de madera. Le impresionan el silencio, la ausencia de un guía o de más turistas. Sólo rompe la magia del lugar la presencia fugaz e intermitente de un guardia de seguridad uniformado.

Frente a él, el escritorio de don Miguel de Cervantes, presuntamente auténtico (¿qué más daría si no lo fuera?), las plumas de ave y algunos libros de un formato tal que hoy en día haría imposible tener una biblioteca en casa. La mía tiene quinientos volúmenes, pero en este tamaño me cabrían diecisiete.

Me contó un poeta de Valladolid que hubo que excavar para sacar a la luz la casa de Cervantes, que estaba diez metros por debajo de la actual calle del Rastro, y me hizo un esquema en un papel lleno de otras anotaciones. La casa en cuestión es un modelo sencillo de las casas típicas vallisoletanas del XVI, con un corral trasero también muy al uso. En tiempos de Cervantes, la casa daba a un puentecillo de madera sobre el río Esgueva (sí, el que da nombre al excelente queso). Al cabo de los siglos, el río se ha desviado de tal forma que ya no es visible, habiendo sido canalizado de manera subterránea, aunque esta práctica, como todas las que atentan contra el natural discurrir de la naturaleza, provoque más de un problema de tanto en tanto.

Cuando entra en la casa, lo primero que sorprende al viajero (o más bien lo segundo: lo primero que sorprende es el precio de la entrada… teniendo en cuenta que la visita no es ni siquiera guiada) es la angosta escalera, el suelo de baldosa de barro, las paredes encaladas… el viajero piensa que el tiempo se ha detenido realmente en otro siglo. Aquí no hay plástico ni cartón piedra como en la mayoría de los museos que “reconstruyen” tiempos pasados. La sensación es, como diría mi amigo Gary, outstanding, en el sentido de peculiar, insólito, único.

Se presume que Cervantes se trasladó a esta casa alrededor de 1604 o 1605, época en la que Valladolid era Corte Real de Felipe III o, lo que es lo mismo, capital del reino. El escritor (nunca los escritores vivieron de lo que escribían) era por entonces recaudador de alcabalas y el traslado de la corte desplazó sus obligaciones hasta esta ciudad. Algunos historiadores afirman que vivió en Valladolid dos años (1605-1606), aunque hay indicios de que se había trasladado a esta ciudad un año antes para gestionar la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, considerada la primera novela moderna, la cual fue publicada un año después.

En esta casa debió componer algunas novelas ejemplares, incluyendo El coloquio de los perros(ambientada en el hospital de la Resurrección de Valladolid, donde vivían los perros Cipión y Berganza), La ilustre fregona, El licenciado Vidriera… Eran lo que entonces se conocía como novela (novella en el sentido italiano de la palabra: lo que ahora llamaríamos novela corta o relato largo), piezas breves que reunió y publicó en 1613 con el título de Novelas ejemplares.

El viajero pasional ha visto la cocina y el aposento, no hay mucho más que ver, pero un escalofrío le mantiene en pie frente al escritorio de don Miguel, oye su voz a través de los siglos, fingidamente teatral superponiéndose al rasgar de la pluma, interpretando al perro Cipión, transcribiendo sus palabras: “No volvamos al pasado: sigue, que se va la noche, y no querría que al salir el sol quedásemos a la sombra del silencio”.

El viajero pasional ha visto la cocina y el aposento, no hay mucho más que ver, pero un escalofrío le mantiene en pie frente al escritorio de don Miguel y se ha prendado de la copa de cisco que calentó en otro tiempo los inviernos del manco preguntándose cómo sería escribir hoy en día una novela de seiscientas páginas con tinta y pluma de ave, sin ordenador, sin procesador de textos ni corrector ortográfico.

jueves 3 de mayo de 2007

Declaración de intenciones

Cuando el Gran Khan pregunta a Marco Polo por qué inventa mentiras sobre sus viajes a Las ciudades invisibles, el famoso viajero responde que lo hace porque el verdadero viaje es un periplo interior.

Viajar por viajar, viajar por pasión.

En la infumable El cielo protector, John Malkovich sentencia que la diferencia entre un turista y un viajero estriba en que el turista sabe cuándo va a partir y cuándo va a volver; el viajero, no. Yo voy más allá: partir pensando en volver es como quedarse en casa.

El viajero pasional nunca se mueve en busca de rincones nuevos ni para ver y alcanzar horizontes desconocidos. El verdadero viajero se busca a sí mismo en la distancia, persigue su propio reflejo en un escenario exótico donde antes ha visto fotografiado a otros. Esta envidia por las vidas ajenas, por ejemplo, me ha hecho deambular a mí por el París de Cortázar, acercarme a las dos tumbas de Dante, pasear por los callejones de la Venecia de Thomas Mann, por la de La Tempestad de Juan Manuel de Prada, imaginar mientras recorría la Mancha en alta velocidad que iba sobre un rocín flaco en busca de doncellas en apuros y –¿por qué no admitirlo?– recorrer algunos cientos de veces las mismas calles por donde Juan Ramón paseaba abstraído con sus rimas en la cabeza.

¿Viajes literarios? Y, ¿por qué no?

Por eso, querido viajero que ha recabado en este puerto por casualidad, no debe usted esperar de estos textos ensayos exhaustivos ni eruditos ni atlas con intenciones academicistas. La que tiene usted en su pantalla es una guía para encontrarse a sí mismo, una guía para el que podríamos llamar del viajero pasional, y que pretende ser, ante todo, una ruta a través del corazón de un poeta fracasado que recorre el mundo siguiendo los lugares que marcaron su vida con las palabras de los libros.