jueves, 10 de mayo de 2007

El escritorio de don Miguel


El viajero pasional se ha detenido delante de la mesa de madera. Le impresionan el silencio, la ausencia de un guía o de más turistas. Sólo rompe la magia del lugar la presencia fugaz e intermitente de un guardia de seguridad uniformado.

Frente a él, el escritorio de don Miguel de Cervantes, presuntamente auténtico (¿qué más daría si no lo fuera?), las plumas de ave y algunos libros de un formato tal que hoy en día haría imposible tener una biblioteca en casa. La mía tiene quinientos volúmenes, pero en este tamaño me cabrían diecisiete.

Me contó un poeta de Valladolid que hubo que excavar para sacar a la luz la casa de Cervantes, que estaba diez metros por debajo de la actual calle del Rastro, y me hizo un esquema en un papel lleno de otras anotaciones. La casa en cuestión es un modelo sencillo de las casas típicas vallisoletanas del XVI, con un corral trasero también muy al uso. En tiempos de Cervantes, la casa daba a un puentecillo de madera sobre el río Esgueva (sí, el que da nombre al excelente queso). Al cabo de los siglos, el río se ha desviado de tal forma que ya no es visible, habiendo sido canalizado de manera subterránea, aunque esta práctica, como todas las que atentan contra el natural discurrir de la naturaleza, provoque más de un problema de tanto en tanto.

Cuando entra en la casa, lo primero que sorprende al viajero (o más bien lo segundo: lo primero que sorprende es el precio de la entrada… teniendo en cuenta que la visita no es ni siquiera guiada) es la angosta escalera, el suelo de baldosa de barro, las paredes encaladas… el viajero piensa que el tiempo se ha detenido realmente en otro siglo. Aquí no hay plástico ni cartón piedra como en la mayoría de los museos que “reconstruyen” tiempos pasados. La sensación es, como diría mi amigo Gary, outstanding, en el sentido de peculiar, insólito, único.

Se presume que Cervantes se trasladó a esta casa alrededor de 1604 o 1605, época en la que Valladolid era Corte Real de Felipe III o, lo que es lo mismo, capital del reino. El escritor (nunca los escritores vivieron de lo que escribían) era por entonces recaudador de alcabalas y el traslado de la corte desplazó sus obligaciones hasta esta ciudad. Algunos historiadores afirman que vivió en Valladolid dos años (1605-1606), aunque hay indicios de que se había trasladado a esta ciudad un año antes para gestionar la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, considerada la primera novela moderna, la cual fue publicada un año después.

En esta casa debió componer algunas novelas ejemplares, incluyendo El coloquio de los perros(ambientada en el hospital de la Resurrección de Valladolid, donde vivían los perros Cipión y Berganza), La ilustre fregona, El licenciado Vidriera… Eran lo que entonces se conocía como novela (novella en el sentido italiano de la palabra: lo que ahora llamaríamos novela corta o relato largo), piezas breves que reunió y publicó en 1613 con el título de Novelas ejemplares.

El viajero pasional ha visto la cocina y el aposento, no hay mucho más que ver, pero un escalofrío le mantiene en pie frente al escritorio de don Miguel, oye su voz a través de los siglos, fingidamente teatral superponiéndose al rasgar de la pluma, interpretando al perro Cipión, transcribiendo sus palabras: “No volvamos al pasado: sigue, que se va la noche, y no querría que al salir el sol quedásemos a la sombra del silencio”.

El viajero pasional ha visto la cocina y el aposento, no hay mucho más que ver, pero un escalofrío le mantiene en pie frente al escritorio de don Miguel y se ha prendado de la copa de cisco que calentó en otro tiempo los inviernos del manco preguntándose cómo sería escribir hoy en día una novela de seiscientas páginas con tinta y pluma de ave, sin ordenador, sin procesador de textos ni corrector ortográfico.